Además de ser una de las grandes poetas de la historia de España, Rosalía de Castro (1837-1885) también fue una renovadora que allanó el camino a la irrupción del modernismo literario, a finales de siglo, y una de las precursoras del Rexurdimento, un movimiento que recuperó el gallego como lengua de cultura tras tres siglos de ostracismo.
Nacida en Santiago de Compostela, fue el fruto de la aventura de un sacerdote, José Martínez Viojo, con una soltera de escasos recursos económicos, María Teresa de la Cruz Castro, y hubiera acabado en la casa de expósitos del Hospital de los Reyes Católicos (el actual Parador de Santiago) si no fuera porque su madrina se hizo cargo de ella. Luego se fue con una tía paterna a la pequeña aldea de Ortoño, y esta marcha de la ciudad sería determinante en su vida, pues allí se familiarizó con el idioma gallego y las gentes que lo hablaban.
Los biógrafos sitúan en esta desdichada infancia el origen de “la negra sombra”, expresión recurrente en su obra que usaba para simbolizar ese pesimismo que la acompañó toda la vida.
Estando en Madrid, donde había recalado huyendo del estigma de ser hija de un cura, se casó con el escritor Manuel Murguía. En lo amoroso no fue el mejor matrimonio del mundo, no se sabe si más por las estrecheces económicas del marido o por el carácter melancólico de Rosalía, empeorado por su mala salud y la certeza de que su vida no sería demasiado larga. Sin embargo, en lo profesional fue positivo para ella, pues Murguía fue un fiel custodio de su vocación, su principal patrocinador ante los editores y quien más la animó a escribir.
En 1863 publicó Cantares gallegos, un recopilatorio de poemas sociales, amorosos, intimistas y costumbristas escrito íntegramente en gallego. Era la primera vez en tres siglos que alguien escribía gran literatura en esa lengua, por eso la obra es considerada el hito fundacional de la literatura contemporánea gallega.
Al libro, un éxito de crítica, le siguieron los poemarios Follas novas (1880), también en gallego, y En las orillas del Sar (1884), escrito en castellano. De su producción prosística, género en el que no tuvo tanta fortuna, destacan las novelas La hija del mar (1859) y El caballero de las botas azules (1867).
Según los que la acompañaron en su lecho de muerte, sus últimas palabras fueron: “Abre esa ventana que quiero ver el mar”. Puesto que desde Padrón es imposible verlo, la cita ha pasado a la historia como el enigmático epitafio de una romántica para quien el mar siempre simbolizó la tentación del suicidio.
Busca y anhela el sosiego
Busca y anhela el sosiego…
mas… ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar.
Que hoy como ayer, y mañana
cual hoy, en su eterno afán,
de hallar el bien que ambiciona
-cuando sólo encuentra el mal-,
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.

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