CAROLINA CORONADO

Carolina Coronado nació el 12 de diciembre de 1821 en Almendralejo, Badajoz. A los cuatro años se trasladó a vivir a Badajoz al ser su padre encarcelado por cuestiones políticas.

Con una temprana afición literaria, escribió su primer poema a los diez años y tenía trece cuando Espronceda le dedicó unos versos. Fue amiga de Robustiana de Armiño y del poeta Quintana y aparece varias veces como protectora de las autoras nacidas en su provincia.

En 1844 se publica la noticia de su falsa muerte. Entonces escribe Dos muertes en una vida, que se publicaría tras su fallecimiento. Ya entonces había sido admitida en el Instituto Español y en casi todos los Liceos de España.

Cuatro años más tarde una enfermedad nerviosa la deja medio paralítica en Cádiz y los médicos le recomiendan tomar aguas cerca de Madrid, por lo que traslada su residencia a la capital. El Liceo madrileño la dedica una velada.

Se casó con Justo Horacio Perry, diplomático norteamericano, secretario de la embajada de su país. Su casa en la calle de Lagasca se convirtió en lugar importante de la vida literaria madrileña y refugio de políticos tras la intentona de 1866.

En 1860 compra una finca en Poço do Bispo, cerca de Lisboa, conocida como Mitra. Allí vivirá con su esposo y su hija Matilde desde 1870, después de viajar por el extranjero.

Falleció el 15 de enero de 1911.

“CANTAD, HERMOSAS”

Las que sintáis, por dicha, algún destello

del numen sacro y bello,

que anima la dulcísima poesía,

oíd: no injustamente

su inspiración naciente

sofoquéis en la joven fantasía.

Si en el pasado siglo intimidadas

las hembras desdichadas,

ahogaron entre lágrimas su acento,

no es en el nuestro mengua,

que en alta voz la lengua

revele el inocente pensamiento.

Do entre el escombro de la edad caída,

aun la voz atrevida,

suena, tal vez, de intolerante anciano,

que en áspera querella

rechaza de la bella

el claro ingenio, cual delirio insano.

Mas ¿qué mucho que sienta la mudanza

quien el recuerdo alcanza

de la edad en que al alma femenina

se negaba el acento,

que puede, por el viento,

libre exhalar la humilde golondrina?

Aquellas mudas turbas de mujeres,

que penas y placeres

en silencioso tedio consumían,

ahogando en su existencia

su viva inteligencia,

su ardiente genio, ¡cuánto sufrirían!

¡Cuál de su pensamiento la corriente,

cortada estrechamente

por el dique de bárbaros errores,

en pantano reunida,

quedara corrompida

en vez de fecundar campos de flores!

¡Cuánto lozano y rico entendimiento,

postrado sin aliento,

en esos bellos cuerpos juveniles,

feneció, tristemente,

miserable y doliente–,

desecado en la flor de los abriles!

¡Gloria a los hombres de alma generosa,

que la prisión odiosa

rompen del pensamiento femenino!

¡Gloria a la estirpe clara

que nos guía y ampara

por nuevo anchurosísimo camino! (…)

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